OPINIÓN PERSONAL
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Reminiscencias
acaparan en mí por un fugaz comentario hace un par de años, donde mi querida
madre precisaba que cuando niña le dolió mucho el asesinato del entonces
ministro de justicia, Rodrigo Lara Bonilla. Curiosamente mi figura materna es
apática a la política. Me imagino que su esencia empática la llenó de
conmoción, porque sin duda es de los magnicidios más recordados en el país.
Bueno, realmente hoy puedo decir que yo siendo un joven interesado en lo que
acontece en el país me sentí al igual que se sintió ella, tanto así que sin
pena puedo decir que el 7 de junio se me empaparon los ojos, detrás de un leve
llanto al ver como Miguel Uribe era trasladado gravemente herido después de que
un menor disparara fríamente en su contra.
Mas que pedir para
que Miguel se recuperara de sus lesiones y volviera a retomar su liderato
opositor y su carrera hacia la jefatura de estado, siempre estuvo desde mi opinión
que el célebre congresista debía redimirse físicamente para una sola cosa en
especial: retornar al manto de su familia y, sobre todo, criar y ver crecer a
su pequeño hijo, que estaba ad portas de repetir la historia de su padre.
Desgraciado destino que casualmente también escogió para Alejandro cargar con el
infortunio de enterrar a su padre a la misma edad que este último vio partir a
su madre de este sádico mundo.
El líder opositor en algunas
entrevistas siempre se mostró original y espontaneo frente a su rol político y
personal. Alguna vez afirmó con convicción que erradamente creció con un dolor
tan inmenso que lo llevó al odio para con los perpetradores del crimen de su
madre e incluso con ella misma por su ausencia; sin embargo, una lucha interna
por ser mejor que los violentos y un crecimiento personal excesivo fue su
prioridad, y por eso decidió perdonar, porque si no excluía ese funesto detalle,
jamás podría ser el abanderado del legado de su mamá quien valientemente entregó
su vida por el servicio en este país tan deteriorado.
Asimismo, hay quienes
dicen que Miguel siendo político jamás fue politiquero, ya que una vez irrumpió
en una iglesia y afirmó relajadamente que no venía a disfrazarse de evangélico
y que su presencia anunciaba la conquista de votos. Una actitud bastante revolucionara
en tiempos electorales cuando las mañas del todo vale se imponen bruscamente. Admirable
su honestidad; para pensar.
Siendo honesto,
aunque me parecía un buen tipo, con buenas ideas, elocuente, culto y con un liderazgo
intachable y coincidiendo con la muy apropiada descripción de Álvaro Uribe en
su carta desde el exilio, no habría votado por él, debido a que aun encontrándome
identificado con varias de sus propuestas -sobre todo en materia de seguridad-,
me parecía que, todavía siendo una buena opción, no era netamente lo que para mí
si representan otros candidatos.
Hipócritas: desde la
inhumana de Isabel Zuleta, hasta el lame suelas ignorado de Bolívar y concluyendo
hasta el rabo del pastorcito mentiroso de Saade, que ahora se adhieren a la
condescendencia, cuando a nadie se le olvida que sin ruborizarse determinaron
que el atentado había sido una jugada arriesgada para desestabilizar al gobierno.
Ellos ignoran de mala fe que el presidente al cambiar de ministros, así como se
cambia los calzones y darle vía libre a gentuza sin preparación y el pormenor
de carecer de carácter para frenar el nepotismo, y arrastrar con la carga de los
severos escándalos de corrupción en diferentes carteras, es lo que los eterniza
como un gobierno inestable. El silencio de estas tres joyitas de la política
habría sido lo más prudente, porque sus afirmaciones sacadas de tono fueron el antónimo
de la prudencia.
Posteriormente,
cuando pensamos que Petro no podía ser peor persona, irrespeta desalmadamente y
decide citar a un tal Mario Uribe, en vez de Miguel. Digo con seguridad que el
presidente decide hacerlo y no por error se le escapó, porque no cabe duda que
lo hizo con toda la intensión terrestre; después de todo el exM19 citó al
senador en varios de sus tuits cuando este estaba sano y muchas veces hasta lo perfiló
con sus bodegas y quizás con que larvas más. Con exactitud sabía su nombre; una
actitud de bravucón infantil que ejercitó en su vida de insurgente. Una vez
más, Petro Urrego se certificó como guerrillero moral.
Que la familia de Miguel
no tuviera en cuenta al cabecilla de palacio junto con su gabinete en los homenajes
póstumo era lo lógico, porque no era digno de ese espacio. Apuesto que para Petro
fue hasta un alivio, después de todo el protocolo es algo que no le fluye, y aún
más si no pertenece a su color político.
Uno se interroga
levemente: después de violentar con armas a un precandidato presidencial, ¿qué más
viene? ¿un bombazo para los demás lideres opositores? Es que las cosas hay que
llevarlas al extremo, porque, si bien, tenía el presentimiento que, así como Galán
era el próximo objetivo (dato revelado por fiscalía),
pues como mínimo Fico Gutiérrez -considerado un estorbo para cualquier
escuadrón del crimen- estaría muy cerca de ser el siguiente. Y temo que
eventual hecho sería presagiado, ya que unos días después de este escrito se visualizó
que el alcalde de Medellín ya reposaba en la diabólica lista de objetivos
militares de autoría incógnita, pues inteligencia no aclara quien o quienes son
los interesados en desaparecerlos. La cascara final fue el reporte de una
camioneta baleada, donde se trasportaba Julio Cesar Triana (representante de Cambio
radical) suceso que no pasaría desapercibido, dado que ese mismo día el país se
despedía del que fuera su colega en el parlamento.
Es dable reafirmar
que con este acontecimiento por supuesto que murió una de las tantas esperanzas
para recuperar el orden. Lo silenciaron no con censura, sino con pistola.
¡Cobardes!
Ni siquiera
arrebataron a un político que se proyectaba como uno de los arquitectos de una
nueva Colombia, misma que hoy retrocede a los escenarios más sombríos y en el
que sucumbimos bajo la autoría de los carteles de la droga. Ante todo, le despojaron
vilmente la existencia a un ser humano integro, con valores, principios y
heredero de un legado de servicio para con el pueblo colombiano depositado por
el clan Turbay. Si, desvanecieron el espíritu de un hijo, esposo, padre de
familia y, como último, un referente para nuestra democracia.
Por supuesto que lo callaron por lo que representaba: uno de los pocos que ofrecía un programa de seguridad
de acero que sometería firmemente a cualquier célula delictiva. Lo del apellido
fue adrede porque necesitaban que el crimen quedara tatuado. Y se salieron con
la suya, debido a que este país hace tiempo no se inmovilizaba con un hecho
como este.
Es que esto no se
trata de fabricar hipótesis motivadas por inconformismo y con el ánimo de
incentivar pánico nacional; basta con analizar lo que acontece actualmente, y
en consecuencia advertir lo ignorantes que hemos sido frente a estos planes macabros
en ralentí. Sea como sea, mirar hacia adelante es lo que queda, empero jamás
olvidar y verdaderamente ejecutar para contrarrestar; de lo contrario seremos
remolcados hacia el sepulcro de un estado fallido donde el orden y el bien
común quedan desplazados por unos pistoleros anarquistas.

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