OPINIÓN PERSONAL
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El omnipresente
universo virtual de la redes son lo que se describiría como el ya antes pregonado
“mundo de las mentiras”. Progresivamente nos abraza con sus llagosos
tentáculos, hasta ocasionar lesiones por doquier. Según el estudio de Jaguar y
Sigma alrededor de 144 minutos al día, es el aproximado que le dedicamos a las
redes sociales, (yo digo que más). Pero, dicho estudio resulta innecesario, si
en nuestra conciencia prevalece que, una pantalla, es lo último que vemos antes
de dormir.
Mi posición frente a
este tema no es profundizar los datos recopilados del anterior estudio, sino aprovechar
un embarazoso evento que hace meses me hizo reflexionar sobre un objeto
clandestino, que de seguro, no soy el único que lo advirtió; pero con la seguridad
que, uno que otro, carece de mínima perspicacia.
Lo escupo: una conocida,
pero bastante íntima y de mente abierta, me relató sobre los chats que había
frecuentado con un capitalista y terrateniente francés. El moderado e ideal
tiempo que tenían conversando, les permitió acordar pasar unas vacaciones
juntos. Según él, se había consolidado la confianza suficiente para ser el
visitante de honor en el país, y ella, su anfitriona: (yo lo traduzco más bien,
como el desespero feroz de un extranjero, al querer tirarse a una latina; cosa
que por naturaleza tiene esa gente). El tour arrancaría en la costa, para
después conectarse con Antioquia, y conocer el suntuoso Guatapé, para dar por
terminado su viacrucis en el cerro de Monserrate y quedar más próximo a la
ciudad donde abordaría su vuelo hacia Europa. Lo interesante de las idílicas
vacaciones, fue que el evento coincidió con la sanción que Facebook le había
puesto: no podía compartir o subir, nada a su cuenta. De ante mano conocí el
atlántico de imágenes cuando me permitió acceder a su galería, dándome la primicia
de la paradisiaca aventura, mientras charlábamos bajo la brillante luna en el
muelle de la ciudad. Dos meses después, fue despenalizada por la red de Zuckerberg y, como era de esperarse,
compartió su ambicioso contenido multimedia. Sólo pasaron 30 minutos de publicación,
cuando ya sus seguidores la exaltaban de comentarios y un sinnúmero de
reacciones; y que decir de las tías que nunca faltan, mandándole ¡bendiciones y
éxitos, mamita!... Lo que no cayeron en cuenta fue que hablaban en presente, e
ignoraron la realidad oculta de que el material compartido, ya tenía más de dos
meses de haber sido almacenado en su iPhone 12 Pro.
Una encuesta de la
Sociedad real de la salud pública (RSPH, por sus siglas en inglés) instagram
resultó la App más dañina, dice su directora Shirly Cramer, ya que, están
enfocadas en las fotos. Era de esperarse, en ella no visualizamos a la gente
como realmente es, por lo que a muchos, según este mismo estudio, lleva a
problemas de comparación y envidia. Entonces, mientras unas personas se muestran
eufóricas, los demás se frustran por el contenido irreal. Como resultado final
destaca: Snapchat e Instagram lideran como las peores redes para la salud
mental.
La cuestión no es desprestigiar
las imprescindibles redes, que van más allá de mantenernos conectados. La
manito es a conservarse escépticos, y no andar como imbéciles creyendo que la
vida es perfecta, sólo porque una excelente cámara capturó un buen momento. ¿O
acaso creyeron que la invasión a ucrania es puro show, y debemos ser indiferente
solo porque dos funcionarias se expusieron ante miles de usuarios mientras
cargaban en sus manos fusiles militares? pues no, ellas no mostraron su
verdadero sentir. Su postura fue así, porque un buen patriota debe transmitir
seguridad y valentía para alentar a los demás. Son seres humanos que sienten
miedo, como cualquiera, y mientras capturaban las imágenes como catálogo de
revista, en ningún momento ignoraron que podían ser impactadas por un misil
ruso.
Las esculturales Kardashians lucen siempre impecables
y son adictas a los excesos, pero, eso no se traduce a que cuando van al baño
cagan brillantina en pasta; ya quisieran. Defecan al igual que todos y se embarran.
Son seres imperfectos, tienen problemas existenciales, sufren, lloran, se
amargan, e irán al mismo agujero que todos. Las redes omiten esos detalles, por
lo que al final, resulta irrelevante quejarse de nuestras vidas, como si la de
los demás fuera muy diferente. ¡Punto!

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