OPINIÓN PERSONAL
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Mi síntoma matutino
despertaba. El celular me llamaba. Mi cerebro contestaba. No era el típico
individuo que pasaba al menos siete horas sumergido en una pantalla haciendo
uso excesivo de redes sociales, aunque si ejercía un tiempo considerable para
esa actividad. Anteriormente dije siete horas, porque es hipérbole afirmar que
existen personas que dedican día y noche (24/7) empuñando sus teléfonos. Solo
los que funcionan así son el conjunto de personas que adoptan la costumbre de cagar,
para después se limpiarse el culo con una mano, mientras con la otra sostienen su
smartphone. Claro, existe gente así, solo los inexperimentados se mantienen
escépticos ante insolente práctica. En fin, no es el punto y tampoco mi caso,
eso sí, navegaba lo suficiente en las redes como para enterarme de lo
necesario.
¿Pero enterarme de qué?
¿De que las personas que conocí en la escuela estaban formando familias sin
antes terminar sus pregrados, y que lucían felices, pero en el fondo también
jodidos? Bueno, es el lado positivo de una fotografía, al mostrar solo lo que
quieres ofertar; no explicaré esto último.
Eso no fue lo que me
inmutó, porque en realidad me estremeció. El ver la formación de familias de
antiguos amigos; conocidos de conocidos; vecinos uniéndose con otros vecinos
(multiplicándose a velocidad de cometa), fue lo que me mantuvo inmóvil.
Mirar hacia el entorno
de las jóvenes con las que crecí, y que tan solo unos años atrás recreaban
ficticiamente la figura de ser madre cuando jugaban con sus muñecas de plástico,
no deja de parecer raro e incómodo. Es como haber agachado la cabeza por un instante
y, al subirla, te encontrabas con el auténtico papel maternal que realizaban,
sosteniendo entre sus brazos esos seres reales e indefensos, en compañía de un
masculino (su pareja y padre de su criatura) que antes hacía lo propio de un
niño: patear un balón sin responsabilidades de gran calibre.
Esas mismas jovencitas
son las que hoy se desean diluvios de bendiciones entre sí, enlazado con
reacciones de corazones a sus publicaciones maternales, las cuales destilan con
orgullo al coincidir en ese proceso, y que sin más, me permitió dar un no sutil
diagnóstico; tal vez equivoco, pero más que eso, arriesgado. Sin vacilar,
declaro que las redes sociales han sido el inútil instrumento para promover a
lo que yo titularía como: “el challenges de embarazos”, alentada por la boba
cultura que con un celular genera furor, sin primero detectar que tan positivo
es el contenido, ya que al final lo que importa es reventar el grafico de
reacciones, para así incrementar en cierta medida el ego perdido por la
incómoda maternidad.
Ahora bien, ¿porque tan
seguro de ello? se preguntarán las que brevemente envestí sin fluido en los
frenos, e inmutadas me sepultan como un grave verdugo del prejuicio por haber
dicho lo anterior. Pues bien, a lo kínder propongo de ejemplo a un chico
llamado Alex. ¿Pero qué tiene que ver un hombre, si ya tu análisis se encaminó
hacia el sexo femenino? Tal vez así refuten. Por eso mejor utilizo de ejemplo a
una chica llamada Ana, para así equilibrar las cosas (aunque resulte
irrelevante por ser un ejemplo unisex). Siendo esto así: Ana es la típica nerd
que jamás falta a clases. Sus excelentes resultados académicos le permiten hoy consagrarse
como ingeniera aeronáutica, por lo que decide compartir vía redes sociales las
fotos de su ceremonia de graduación. ¿Qué es lo que esperaba Ana y, con justa
razón, cuando exhibió el cartón que obtuvo, mismo que tanto le costó? Pues no
creo que Ana esperase que la crucificaran por ser sobresaliente en la academia.
Al contrario, por tal euforia debida su triunfo, Ana espera así sea unas secas
felicitaciones por parte de sus allegados.
Si tenemos en cuenta
este diminuto ejemplo, es indispensable preguntarse de igual manera: ¿Qué es lo
que espera una joven recién convertida en mamá, cuando se le da por subir a su
cuenta las primeras fotos de su bebito(a)? Supongo que lo mismo que le dijeron
a Ana: “Felicidades”, o, “Bendiciones”, que es lo más común. Y eso, no tiene
nada de malo: lo consecuente es que si dichas fotos se exponen como todo un
hito, y las niñas de la misma o menos edad llegan a visualizarlas, lo más probable
es que estas sientan el impulso de hacer lo mismo. Su mente maquinaría tipo: si
a fulana (de mí misma edad) la felicitaron sus padres y su grueso círculo
social, entonces deseo lo mismo. A una edad precoz no advierten los contras, por
la razón de que aún carecen de la madures razonable ideal; pero bilógicamente
no de la sexual.
Emerge otro
interrogante en base de lo expuesto: ¿Por qué son propensas a pensar de tal
manera? ¡Es lógico! Poseyendo una latente adolescencia, resulta normal que
deseen figurar con el objetivo de encajar.
Sobreexponiendo lo
justo, cualquiera me podría dar de baja por citar el anterior enunciado,
considerando que la probabilidad de que esto ocurra sea baja, o, por lo menos
inestable, debido a que no todas actúan igual y que no todos los muchachos dedican
su tiempo en el cómo adentrarse a la actividad sexual. En efecto, puede que si
sea para ser justos; recalcando que el ejemplo no está fuera de lugar.
Sépase que lo anterior
fue una conclusión definitiva basada en mi percepción; empero de ser más
justos, introduzco que, en mi propio instituto (mismo donde terminé el
bachillerato) las directivas reubicaron de jornada a unas 4 chicas de undécimo
grado, que curiosamente habían quedado en embarazo durante el tercer periodo
escolar. El consejo decidió (supongo que por unanimidad) que las jóvenes seguirían
recibiendo sus clases -por no quitarles ese derecho-, con la condición de que éstas
no continuarían en la jornada tarde, como solían hacerlo desde sexto grado, sino
que asistirían a la nocturna, para que sus omnipresentes vientres se limitaran a
ser centro de atención solamente por los adultos que validaban en esa jornada, y
que maduramente asimilaban de una perspectiva distinta lo que no podía asimilar
un jovenzuelo(a) de 11 a 14 años. La decisión se dio como medida de no repetición
y, aunque esto no fuera efectivo en 99.9%, sí que influiría en el índice negativo
esparcido por la institución que solo tenía licencia para formar.
Si me van a colgar por
lo dicho, pues también deberían alistar una segunda soga para la institución,
considerando que es el mismo ejemplo; solo que yo me base en la virtualidad, y el
suceso antes mencionado ocurrió en la presencialidad.
Y sin agregar más,
porque lo dicho concluyó, reservé el comentario de una chica, que sin nítido
disimulo deseaba quedar en embarazo, bajo la excusa de que su excompañera, una
chica raquítica en su pre-adolescencia, había ganado peso posteriormente al
parto, cuyos kilos reservados hicieron crecer sus mulos, puliendo una esbelta
figura que jamás amoldó en sus años de escolaridad. En sus palabras vía
Facebook sostenía brevemente: “Voy a quedar preñá”, palabras que fueron
ciertamente motivadas porque según su perspectiva el embarazo convertía a las
mujeres en las réplicas de Mónica Bellucci.
Lo declarado hace un
instante termina siendo un carácter de falta de sentido común, desencadenando
atrevida estupidez, teniendo en cuenta que así como hay muchas que no las jode
tanto el dar a luz, existen otras que posterior al parto terminan en un estado
de madurez fisiológica no acorde a una temprana edad.
No tengo certeza si
quedó o no (“la chica enunciada”) aunque si confirmo que al menos 7 de las 30
que tenían similitudes de comentarios, poco a poco han destapado sus barrigas
para fotografiarlas. Bajo esa percepción, arraigada por las 30 restantes que
coincidían con la que aludía a “quedar preñá”, hizo que mi teoría elevara su
caudal.
Finalmente, este texto
no es dirigido solamente como crítica a las jóvenes, que según una educación
adecuada, solo deben embarazarse una vez hayan crecido lo suficiente, vivido lo
justo, y trabajado lo necesario; también es para todo aquel “machito” creyente
de que la masculinidad se basa en humedecer su miembro en cualquier agujero. Si
se empeñan en mantener esa teoría como un credo, no se quejen cuando los
comparan como chandosos(a) dispuestos(a) en apuntarle a lo que sea sin primero
razonar sobre lo que sigue; en caso de que hayan prescindido de un barato y
accesible preservativo.
No me importa que tan parcializado
o atrevido haya sido; me importa aún más la objetividad, en la que aterricé
quemando cada neurona, con tal de seguir desarrollando aquello que llaman “perspicacia”.
Y tampoco tengo que pedir disculpas, en caso de que lo ya expuesto no llegase a
gustar.

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