OPINIÓN PERSONAL
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Cualquier incauto podría
confundir la actitud de Petro con cinismo (característica de los socialistas
cuando típicamente se desmoronan), pero no, contrario a esto, ha dejado
firmemente concretado que su respaldo para con los suyos es inquebrantable.
Lo del Perú (justo este
martes 7 del último mes) dejó a la región alarmada: Pedro Castillo, con tan
solo un breve pronunciamiento que tuvo que leer desde una innecesaria hoja,
anunció la disolución del congreso y la instauración de un gobierno de
emergencia excepcional y, posterior a ello, convocar elecciones para elaborar una
nueva constitución en menos de un año.
Hasta ahora empiezo a
creer en la trillada frase -que no me gusta mucho por ser banal-; si, esa que
dice: “Justicia Divina”. ¿Y cómo no? si el abiertamente declarado dictador del
Perú, justo unos minutos después de su absurda medida, fue destituido y
arrestado cuando iba de camino, presuntamente en busca de asilo político. El
padrino redentor de la izquierda regional (AMLO) estaba dispuesto en
resguardarlo en caso de que éste escapara.
Si algo espero de la
esencia de un acérrimo izquierdista cuando sus aliados caen, es su silencio.
Pasaron casi 24 horas para que el presidente colombiano Gustavo Petro se
refiriera al hecho y, como era de esperarse, fue sutil, dejó interrogantes, e
hizo lo propio de él, culpar a los demás.
Tengo muy presente que,
quiera o no quiera, Petro es el presidente de todos los nacionales. Lo que
cuestiono es que él no se creé tanto el cuento de fungir la jefatura de estado:
“Es que darle catedra a otros países de como gobernar en los eventos
internacionales a donde va; asegurar algo sin conocer previamente el
funcionamiento del orden constitucional de los estados foráneos; y,
abiertamente condenar procesos amparados por la ley, es una muestra de que el
mandatario no tiene respeto por la democracia ni de su país ni el de toda
aquella nación con la que él no compagine con su estructura. Antes bien, utilizada repelencia no
es propia de alguien que se cree un gran líder”.
De ante mano, Petro no
dijo nada al respecto del golpe de estado que dio su aliado “sombrerín”; porque
claramente lo hubo -o por lo menos la intención-, solo que Castillo fue tan
estúpido que el arma que reposaba en su cintura se accionó: “la secuela de esto
se aproximó con la gravedad de tener que atravesar un bochornoso proceso
judicial, donde está salpicado en actos de corrupción”.
¿Recuerdan el “Revivió
Pinochet”?: así tuiteó nuestro presidente el 4 de septiembre del presente año cuando
miles de chilenos (libres en democracia) rechazaron la nueva constitución que
impulsó Boric. El primer mandatario en cuestión de minutos opinó de tal manera sobre el
deprimente 61% de rechazo en el plebiscito que no prosperó favorablemente para
con un jovenzuelo de barba, que pasó de las barras bravas de la academia, hacia
una presidencia en la cual jamás se cuajó. Era la primera derrota del estrenado
mandatario chileno; su picada en las encuestas sobre aprobación de su mandato
ni se diga (…)
Mi vieja opinión sobre
Petro, era de alguien con quien jamás me identificaría, porque ni me gusta su
modelo ni su manera de hacer política. Pero si algo le abonada al exguerrillero,
era su intelecto (que en realidad terminé confundiendo con elocuencia, pues
claramente carece de la primera). ¿Y por qué digo tal cosa? Pues bien, no es
tan difícil rellanarlo de tal manera, debido a que es todo un individuo
impulsivo, por lo tanto, no piensa antes de actuar y termina embarrándola;
aunque él nunca lo reconozca por llevar en sus venas el egocentrismo
compulsivo.
Me refiero así gracias
a la solicitud que él le hizo a la CIDH (Org. zurda), de que interviniera en el
proceso de Castillo, dado que según él, no se estaba respetando la voluntad
popular (excusa barata de la anémica izquierda). Con precisión, existe algo ridículo
de este hecho: “Primero, Castillo fue elegido con no más del 2% de diferencia
frente Keiko Fujimori. Al tener en cuenta dicho dato y las encuestas que
reportaban 80% de desaprobación de su gobierno, confirmó cuan solo se
encontraba el “educador”. ¿Entonces, cual voluntad popular?; Segundo, todo el
gabinete le renunció, nadie lo aguantaba, así que, ¿por qué empeñarse en
defender a alguien indefendible? ¿Por qué cuando Lis Truss (ex primera ministra
británica) fue sacada de su cargo por embarrarla, Petro sí estuvo de acuerdo en
que la hayan dejado sola? La respuesta es clara: Truss es conservadora,
desanexada a lo que él representa”.
El presidente Petro es consciente de lo que hace. Y si, preocupan sus delirios, pues nadie que tenga sentido común y un poco de inteligencia (rasgo que creía que él portaba) saldría con semejante incoherencia, cuyo efecto lo hace un resonante tonto.
Preocupa la actitud del
inaguantable presidente, porque hace poco no se nos quitaba el guayabo de tener
que pasar la navidad con la primera línea, que él descaradamente bautizó como “gestores
de paz”.
Ahora no solo defienda
lo indefendible en Colombia, sino también lo indefendible en un país donde él
no tiene velas en ese inminente y justo entierro.

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